VIDA PERSONAL

Hay desórdenes que son hermosos

 

Desaparecí las últimas dos semanas porque llegó a mi vida mi pequeña bebé. Estoy inmensamente feliz e inmensamente agotada. Lo bonito es que apenas tiene 14 días y ya me ha enseñado muchas cosas de mí misma, de F. y – ¿por qué no? – del orden.

Mi hija llegó poco antes de lo esperado, pero, aunque hubiera nacido el día pensado, no hubiéramos estado lo suficientemente preparados (jamás). Antes del ‘día D’, a menudo le decía a F. que no teníamos idea de lo que vendría… y sí, no teníamos idea.

Todo lo que dicen al respecto de tener un bebé es verdad: duelen, te llenan de alegría, cambian tu visión de la vida, te quitan los ascos, te cansan, te preocupan, te motivan… cada día es una aventura, blá, blá, blá, y todos los clichés que hemos escuchado. Aunque es un fenómeno muy estudiado y la cosa más común de este planeta, a pequeña escala es toda una novedad, un gran cambio.

Como herramientas para manejar este gran acontecimiento solo tienes consejos de quienes te rodean, a veces contradictorios, siempre bienintencionados. Y una ‘clave’ que te facilita mucho las cosas: la disciplina. Si la aplicas, logras un orden relativo, pero cuesta, y mucho.

Los primeros días me obsesioné un poco (o un mucho) con que la casa estuviera en orden; primero, por las visitas, segundo, porque es más fácil enfrentar este caos (aka maternidad y paternidad) si hay paz visual a nuestro alrededor. De esto último no tengo duda.

Sin embargo, es verdaderamente difícil tener un hogar impecable cuando tienes un recién nacido (¡no quiero imaginar cuando la nena tenga dos, o tres, o cinco años!) porque tus horarios de actividad y energía se reducen a lapsos -a veces de minutos- en los que apenas tienes tiempo para comer, bañarte y, si te va bien, dormir un poco para seguir adelante.

Y no se diga con esta locura de la lactancia a libre demanda…

En fin. El punto es que sin darte cuenta, en una sola noche, pasas de tener unas canastas con ropa miniatura perfectamente organizada a una revoltura de prendas que revelan la complicación de medianoche: no hay pañaleros limpios; los que hay aún no le quedan; el que le queda es muy difícil de poner…

Al prender la luz de nuestra habitación, nos damos cuenta de los daños en la zona de desastre: mi termo con agua se cayó, hay tres toallitas tiradas, dos pañales medio sucios, nuestras sábanas con algunas machas de popó, ropita mojada… en la cocina varios biberones sin lavar, leche en polvo en la mesa, trastes de ayer acumulados.

Y en algún rincón de la casa, nuestra ilusión de tener un hogar impecable descansa. El hermoso desorden que llegó a nuestras vidas nos enseña que hay desmadres que vale la pena tener.

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